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La Gomera: El secreto de Canarias
miércoles, 06 abril 2011
Escrito por:
Jose Categoría: Crónicas    Escrito desde El Hierro

   
  Una nueva lista de grandes sorpresas recorriendo esta isla mágica.
   
 

20 minutos frente al ordenador y todavía no sé como empezar la crónica. Son tantas las experiencias, paisajes y gentes que he conocido esta semana que me cuesta filtrar los recuerdos  para no extenderme demasiado.  Y eso que tengo que reconocer que mi visita no empezó estando del todo motivado. La Palma me había dejado “tocado”; tenía la impresión de haber terminado un delicioso postre e inmediatamente tenía que empezar de nuevo a comer. Además las últimas rutas de hasta 9 horas andando hacían que el cansancio físico me limitara a la hora de coger la cámara con energía (una noche inlcuso dormí directamente sentado en el asiento de la furgoneta por estar demasiado cansado como para montar la cama). 


Mi primer amanecer en San Sebastian de la Gomera, con la figura del Teide al fondo.

La apatía me duró exactamente un día, lo que tardé en conocer a Francisco, un barcelonés que cambió su vida peninsular para montar una empresa de excursiones muy personalizadas en barco por la isla, Acuatic Service. Le conté el proyecto y al poco tiempo ya se me hacían los dientes largos cuando me dijo:  “en un par de días salimos a buscar calderones y delfines.”   Y no sólo eso, me consiguió un pase para las instalaciones de La Marina, por lo que después de casi tres semanas volví a disfrutar de lo que es una ducha de agua caliente.  En ocasiones me da la sensación de vivir en uno de esos videojuegos en los que tienes que interacturar con personajes para ir pasando pruebas y conseguir avanzar en la aventura, aunque en mi caso lo que me llevo no son puntos sino nuevos amigos.


Junto a Francisco, dueño de Acuatic Service, a toda máquina en búsqueda de las ballenas piloto.

La salida en barco fue incluso mejor de lo que esperaba; la sucesión de acantilados y calas intercaladas entre profundos barrancos ya es motivo suficiente para hacer una de estas excursiones, pero lo mejor estaba por llegar.  Después de un rato oteando la mar Francisco descubrió un grupo de ballenas piloto y a los pocos minutos estábamos en silencio con el motor parado con las ballenas pasando entre nosotros a escasos metros. Alucinante.  A la vuelta con todavía el “subidón” en el cuerpo me dejó incluso patronear el Uriel Uno, mientras conversábamos animadamente sobre los distintos caminos que elegimos en la vida y que nos hicieron coincidir en esa mañana inolvidable.


La familia de unos 15 individuos nadando a escasos metros del barco.


Los ejemplares más grandes llegan a medir hasta 7 metros y pesar 3 toneladas.



Aquí entre las palmeras y rodeado de barrancos un centro de meditación y alojamiento ecólogico, de los que hay unos cuantos en la isla.

La experiencia  en el barco cambió mi entusiasmo cuando dejé el puerto rumbo a descubrir el resto de la isla. Ya en la salida recogí a un par de autostopistas, Luis, un gallego aventurero afincado en La Gomera y Juan, un gomero que justo venía de una entrevista de trabajo. Llevar acompañantes fue una constante en todas mis rutas en coche;  pocas veces fui conduciendo en solitario y tengo que decir que encontré personajes muy diversos que me hicieron conocer el carácter hippy y alternativo que impregna gran parte de la isla…. En estos días he tenido conversaciones de todo tipo, energía, karma, destino, meditación, … incluso conocí por primera vez en mi vida a un “inmortal” (ojo, no es por burlarme, me lo contó él).  Me sorprendió que muchos de ellos hablaban de la isla como una personalidad viva… “la isla te elige”, “la isla es mágica, decide quién se queda”, etc.  En una de estas charlas me contaron historias sobre una comunidad que vivía en las cuevas de unos acantilados, así que inmediatamente me fui a conocer su forma de vida, bastante alejados de los convencionalismos a los que estamos acostumbrados;  toda una experiencia.


Julian, de Bretaña, que me invitó a desayunar en lo que es su hogar durante las últimas semanas en la playa. Por cierto, hay que cruzar una parte del acantilado con una cuerda, asi que nadie intente ir con oleaje y marea alta (por experiencia) Yec'hed mat!!!!.

Los días siguientes me moví por la zona del Valle del Gran Rey, donde es curioso ver como conviven en un mismo espacio gente de perfiles tan diferentes, desde turistas de hotel con piscina a muchos que duermen directamente en la playa.  Es increíble la cantidad de gente interesante de multitud de países que conocí en tan poco tiempo y que me hicieron sentirme como en casa desde el primer momento. Rodeado de músicos, artistas, artesanos, se sucedieron los días de charlas, bailes, puestas de sol bajo la música de timbales,  hogueras en la playa al caer la noche, clases de guitarra, de manualidades,  en fin… sin duda una de las mejores semanas de todos los viajes que he hecho en mi vida.


En cada puesta de sol la gente se reune junto a la playa y después no falta el buen ambiente y la música. Aquí Krissin con su baile de fuego.


Vistas de la playa de la Puntilla desde lo alto del risco Mérica.


Las vascas más majas de toda la Gomera en otro día divertidísimo. En la Goleta organizaron una jornada gastronómica donde cada uno llevaba algo de comer. La verdad que cargué calorías para varias semanas (todo muy rico) y contribuí humildemente con mis pequeños pingüinos. Eskerrik asko Txeli y Vanesa!!!


Los paisajes en el Valle del Gran Rey son de extraordinaria belleza, con numerosos palmerales, barrancos y pueblos pintorescos por donde perderse en la extensa red de senderos.

Durante las excursiones fui conociendo elementos representativos de la isla, como el famoso Silbo Gomero, un lenguaje silbado creado por los antiguos guanches para comunicarse entre los barrancos de la isla, y que recientemente fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. También a un habitante muy peculiar, el lagarto gigante de La Gomera, un endemismo Canario que apenas se puede encontrar en la actualidad en una pequeña franja en el imponente risco de la Mérica.


Tito, el mejor silbador de la Gomera iniciando su demostración en el restaurante Las Rosas.


Un ejemplar de Lagarto Gigante de La Gomera, en grave peligro de extinción. Por suerte existe un programa de recuperación y en unos años comenzarán a reintroducir el reptil en distintos ecosistemas de La Gomera.

Tuve también la suerte de ser invitado por Tina Excursiones para seguir descubriendo este maravilloso mar que rodea la isla, y con ellos disfruté de las vistas sobre el famoso acantilado de Los Órganos, visible sólo desde el mar y de los endiablados juegos de los delfines alrededor del barco. Tampoco puedo olvidarme de la comida a bordo, una antigua receta canaria de pescado a la plancha y papas, rodeados por acantilados y con el vuelo de un águila pescadora que anida en los alrededores.



Vimos decenas de delfines saltando y jugando alrededor del barco... ¡un espectáculo!



Acantilado de Los Órganos, una de las formaciones basálticas más importantes del mundo y con curiosas formas de columnas que se asemejan al órgano de una catedral.


Con Jose Miguel y el resto de tripulación del barco de Tina excursiones después de un fantástico día por el sur de La Isla.


Un impresionante ejemplar de pargo listo para ser cocinado en la tasca "El Puerto", donde por cierto me invitaron a comer algunas especialidades de marisco local...

El  paisaje de la Gomera  fue un enemigo implacable contra la memoria de las tarjetas de mi cámara. Una sucesión de barrancos, valles cargados de palmeras, roques imponentes donde la vegetación encuentra puntos imposibles para fijar sus raíces, campos de flores y  donde destaca uno de los parques nacionales más peculiares de nuestro país: el de Garajonay.



El Roque Agando, uno de los que forman el Monumento Natural de los Roques, en el centro de la isla.


Vistas del pueblo de Agulo, donde antiguamente se celebraban divertidos piques cantados entre los dos barrios principales separados por tierras de labranza.


La humedad de las nieblas han mantenido el bosque de laurisilva del Parque Nacional de Garajonay, vestigio de las selvas subtropicales que hace millones de años poblaron el área mediterránea.




Junto a  Alfonso (padre e hijo), en el salto del agua del Barranco Los Ancones.


Pero han sido las vivencias personales las que más han marcado este viaje. Podría contar mil anécdotas como la de un grupo de amigos gomeros haciendo una barbacoa que en su primera frase que me dijeron fue “¿que haces por ahí?… siéntate a comer”. O como cuando buscaba una tienda para comprar una alfombrilla de ratón y acabé visitando el Centro de recuperación del Lagarto gigante donde me regalaron una… o todavía lo más increíble, bajando ya de noche el Alto del Garajonay miraba mis zapatillas bastante “deterioradas” del uso y pensaba en tener que comprar ya unas nuevas;  al llegar a la furgoneta habían abandonado unas botas de trekking a dos metros de la puerta (vale que es un número más, pero nada que no pueda arreglarse llevando dos pares de calcetines).

Mis últimas horas cargadas de despedidas, abrazos (nunca había recibido tantos), alguna lágrima y la sensación de haber recibido el regalo de una semana imposible de olvidar. La isla me ha mimado hasta el punto de tener la seguridad de que no tardaré mucho en volver.

Ah, y por cierto, por si alguien tiene curiosidad, a Juan le dieron el trabajo y ahora cuida de los montes cercanos a Gran Rey. 

Gracias Gomera, y que siga la magia…



Como siempre hemos publicado muchísimas fotos de La Gomera en nuestra página de facebook.

 

 
 
 
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